ARGI - MIRO
(Padre)
Julio 1957
Estábamos los cuatro sentados en el suelo del cuarto de baño. Eran las primeras horas de la tarde y el cuarto de baño era la parte de la casa donde se estaba más fresquito. Creo que ese día se cumplía un año de la muerte de mi madre y mi padre nos anunciaba que daba por terminado el luto y que esa tarde iríamos al cine. Creo que fuimos al Magallanes, al lado de la “glorieta” de Quevedo y vimos “ Casco de acero”, una película de Samuel Fuller sobre la guerra de Corea. No era una película divertida precisamente - ahora caigo en lo mucho que aquella tarde se debió aburrir mi hermana Nina.
Durante aquel tiempo de luto el cine en casa fue la alternativa que ideó mi padre para sustituir el cine de las grandes salas que había en el barrio a las que estando de luto no podíamos ir.
Mi padre compró un Pathé Baby, un proyector de cine con el que veíamos películas de cine mudo sobre una sábana blanca colocada en la puerta de la entrada de casa. El patio de butacas era el pasillo, en el que colocábamos las sillas del comedor. Las películas se alquilaban en una tienda de Malasaña para el fin de semana. Normalmente Íbamos mi hermano y yo a buscarlas.
A mi padre le gustaba el cine y nos llevaba casi todas las semanas, sobre todo íbamos al Espronceda que estaba cerca de casa. No recuerdo si cuando vivía mi madre salían ellos dos solos al cine o a cualquier otro sitio. Tengo la impresión que muy poco, tampoco recuerdo que mi madre nos acompañara al cine. Es posible que ella no quisiera, en parte por no gastar y en parte para estar un tiempo a su aire o pasar a casa de su madre.
Lo que si recuerdo es la impresión que me causaba el Espronceda. Tenía una entrada llamativa, a un lado del frontal de la fachada estaban las taquillas, justo al inicio de una gran escalinata de piedra blanca que subía de la calle hasta las vidrieras de la entrada en las que los acomodadores cortaban las entradas. En el hall todo era de terciopelo rojo y dorados de latón, de frente te encontrabas con las puertas de la sala y a los lados unas escaleras subían al segundo piso donde estaba el bar y la segunda platea.
El Esproceda era de programa doble, dos películas y el NODO. Mi padre nos llevaba a películas del Oeste, comedias y alguna de aventuras, como las de Tarzán con Jhonny Weissmuller. Sobre todo le gustaban las del oeste. En los programas dominaban las producciones de Hollywood, eran los tiempos de las grandes estrellas. A mi padre le gustaban Gary Cooper, Burt Lancaster, Anthony Quinn y sobre todo Kirk Douglas; me daba la impresión que era porque transmitía mucha energía. A mi padre los actores de físico fuerte le daban más credibilidad en sus papeles de tipos valientes. Nunca le oí hablar de Humphrey Bogart que no tenía un físico destacable, aunque quizás fuera porque políticamente eran contrapuestos. Sin embargo con los años le dió por la novela negra y leía cosas de Raimond Chandler.
Argi era un hombre atlético, algo por encima de la estatura media. Ser fuerte le daba seguridad y se le notaba.
El cine que veíamos en casa eran las películas de Stan Lauren y Oliver Hardy, de Charlot, Harold Yoid… Con las de Charlot disfrutaba y cuando salía el bigotes forzudo que a menudo le daba la réplica y en las que casi por norma la cosa acababa en un zafarrancho de escobazos, patadas y guantazos perdidos que siempre encontraba la geta de algún despistado que pasaba por allí, lo que hacía que el individuo en cuestión también se sumara a la fiesta aumentando aún más el caos. Era entonces cuando se oían las carcajadas de mi padre que disfrutaba con aquella inofensiva pelea multitudinaria más que ninguno de nosotros.
Es posible que le recordarán situaciones similares vividas en su pueblo.
Cuando después de trabajar - por la mañana en la “radio” y en la “agencia” por la tarde, llegaba a casa se sentaba en su sillón de la “salita” y daba un vistazo al “Alerta” un
periodico de su tierra, “ La Montaña” como la llamaba él, que era de Santoña un pueblo pesquero. El “Alerta” llegaba cada día plegado varias veces enfajado en un precinto de papel.
El sillón y la salita eran su refugio, allí también estaban sus libros y la radio. Cuando vivía mi madre, los dos se sentaban en la “salita” por la noche a descansar y ponían la radio, tenían sus programas preferidos como “El teatro del aire” que era teatro radiofónico, lo que no quiere decir que solo radiaran obras de teatro, también adaptaban narraciones como “Platero y yo” Recuerdo las magníficas voces de los actores que yo oía desde la habitación de al lado a punto de dormirme. También seguían programas de humor de Pepe Iglesias “El .Zorro”, un señor que venía de Argentina y del que en su acento estaba parte de la gracia, pero con quien se reía más era con Gila, un personaje que ha estado contando la guerra civil a su manera casi hasta hoy. Parece ser que era un antiguo “rojo” que usaba un ingenuo pacifismo en sus relatos más queridos a los que escenificaba con un casco y un teléfono con el que llamaba a la trinchera de enfrente “¿Está el enemigo? Que se ponga” y comenzaba una conversación surrealista.
¿ ESTA EL ENEMIGO? QUE SE PONGA...
Algo había en aquello con lo que mi padre se identificaba pues era un tipo que, por las pocas ocasiones que contaba su participación en la guerra se deduce que se la pasó corriendo sin pegar un solo tiro.
Como ya he mencionado de estas sesiones de radio nocturnas yo era testigo feliz pues mi sitio para dormir era una “cama turca” que a su vez hacía de sofá en la sala y aunque cuando se sentaban para oír algún programa me acomodaba en su dormitorio, yo ponía la antena hasta que me vencía el sueño.
Aparte de los cines, Chamberí estaba lleno de tascas y bodegas, mi padre frecuentaba varias, pero yo creo que su favorita era “La colorada” que estaba en la calle de Santa Engracia, allí a veces nos invitaba a un aperitivo y a veces a merendar. Sentado a la puerta del local a menudo nos encontrábamos a Paulino Uzcudun, ya mayor y renqueante pero con la cara inconfundible de viejo gladiador.
Los gustos culinarios de Argimiro no eran complicados, eran los sabores de su tierra que doña Sofía, su madre, preparaba con oficio; le encantaba el besugo a la prebe que alguna vez mi abuela substituia por el chicharro; no era lo mismo y mi padre se enfadaba con ella. Los chipirones en su tinta le hacían suspirar. En este aspecto mi padre era un hijo muy previsible.
Mientras vivía mi madre los abuelos paternos no nos visitaban mucho, eran personas discretas que consideraban a mi madre como una persona muy capaz y ni se les pasaba por la cabeza inmiscuirse en su gobernanza doméstica.
Cuando por Navidad íbamos a comer a la casa de Mejia Lequerica donde vivían los abuelos con su hija Ascensión, su marido y sus tres hijos, todos varones, mi madre repartía sonrisas y atenciones con una naturalidad espléndida que nos cautivaba a todos y rebajaba la seriedad de Argimiro, quizás un poco incómodo por la presencia de su cuñado.
Mi padre iba a aquella casa con desgana, obligado porque allí vivían sus padres a los que respetaba y quería lo que no impedía un aire bastante zumbón en el trato con ellos.
La desgana de Miro que no se molestaba en disimular, venía por la presencia de su cuñado,Antonio Esperanza, el marido de “Ción” republicano liberal que sufrió represalias cuando al acabar la guerra se reincorporó a su trabajo en telégrafos. Mi padre y él no simpatizaban por sus posiciones políticas opuestas. Mi padre era franquista sin ser fanatico, de hecho a él la política no le interesaba; si algo le definía eran sus creencias religiosas, era católico practicante sin llegar a ser, ni de lejos, un mea pilas. Cuando yo era aún pequeño a la salida de misa a veces criticaba el sermón por demasiado fanático y a veces al “sermoneante” por demasiado soberbio y engreido. Del cura párroco de Navalcarnero decía que era eso y nunca se acercaba, cuando después de misa, si la mañana acompañaba, salía al jardín de la entrada de la iglesia a charlar con los feligreses; en este caso era por una cuestión de carácter más que por temas confesionales.
La gente que se daba aires le provocaba una animadversión inmediata y no solamente los curas. Por esa razón era muy selectivo con las amistades. Le gustaba la gente con sentido del humor - blanco, naturalmente - o la gente sencilla y austera.
En el trabajo no se cómo se relacionaba con los compañeros de los dos centros, Radio Nacional por la mañana y la Agencia EFE por la tarde; no hablaba de ellos, del único que recuerdo que hiciera comentarios cariñosos era de un ordenanza de su sección en la Agencia, una persona agradable con la apariencia frágil, de las que en aquella época las pasaban canutas de verdad, aparentaba más años de los que tenía y de él contaba algunas cosas que le llamaban la atención; como descubrir que para merendar se traía bocadillos de alubias o de cualquier otro guiso del que hubiese sobrado algo de la comida del mediodía fuesen alubias, garbanzos o patatas.
EFE tenía la sede en el número 15 de la calle Ayala, cerca de la Castellana. Era un edificio elegante, mi padre trabajaba en la primera planta - se advierte que la descripción que sigue quizás sea fruto de mi imaginación - en un espacio amplio lleno de mesas con máquinas de escribir a las que se sentaban tipos en mangas de camisa y corbata. La oficina de mi padre estaba en ese mismo espacio pero separado de él por una vidriera que llegaba hasta el techo. Argi tenía una oficina grande desde la que se podía ver toda la planta y junto a la puerta de entrada estaba la mesa del ordenanza. Mi padre llevaba las cuestiones administrativas del personal, nóminas, pagos, altas, bajas y las incidencias relacionadas con esos asuntos. Le gustaba lo que hacía pero, según él mismo contaba, cuando murió mi madre tuvo varios desmayos y decidieron trasladarlo a otra sección.
Argi era maestro, formado en la Escuela Normal aunque solo consta que ejerciera en el curso del 35 al 36 y llegó a EFE y a la Radio sin haber tenido nada que ver con el mundo de la comunicación. Así que es fácil deducir que mi madre, ante la triste expectativa de vivir con el sueldo de un maestro de escuela, le pidiera a su hermana Luisa que utilizara sus relaciones en el entorno de la Editorial Católica para encontrarle un “colocación” a Argi.
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| "Argimiro entrevistando para Radio Nacional a la directora de un ballet ruso." |
Mi madre murió a finales de junio del 56 en una clínica de Madrid estando los tres hermanos en la casa de Navalcarnero a cargo de algún adulto que hoy no identifico. Pasados unos días volvió mi padre; le vi bajar la cuesta que separaba el pueblo de la “Colonia”, donde vivíamos. Yo estaba jugando con un grupo de amigos, cuando le vi bajar, me llamó la atención que fuera tan elegante, llevaba un traje azul oscuro, camisa blanca y corbata negra. Salí corriendo a recibirle y él estuvo cariñoso; aunque no era un tipo dado a sonreír esta vez lo hacía. Más tarde en casa, cuando encontró el momento, nos reunió a los tres aparte y nos dijo, ya emocionado, que nuestra madre había muerto.
Debímos volver a Madrid en septiembre y al iniciarse el curso los tres volvimos a clase. Antes de que entrara el invierno debió pensar que teníamos que equiparnos, Supongo que contó con la ayuda de la abuela Sofía, con su hermana Ción y su madre. que fue la persona de la familia que más le apoyó en aquella situación. fuimos a un economato al que ya íbamos con mi madre en el que se podían comprar las cosas a crédito y que tenían todo lo necesario para una familia, ropa para vestir y artículos para la casa. Digo yo que eso fue así porque yo estoy en una foto “oficial” del colegio vistiendo una “trinchera” nueva con un brazalete de luto y con el pelo peinado hacia atrás que era como le gustaba a mi padre, es decir que mi madre ya no estaba. Si se mira la foto se ve que mi padre tenía ideas propias de cómo tenía que vestir un chaval de diez años y también de que no siempre peinar para atrás es la mejor opción.
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"Muestra de como mi padre entendia el estilismo para un chaval de 9 años." |
Navalcarnero está a unos 30 kilómetros de Madrid. Así que se cruza el Guadarrama, y después de subir una dura cuesta y llanear un par de kilómetros, se llega al pueblo. La entrada la recuerdo amable, la carretera, ya entre casas de una o dos plantas y algún bar de comidas, torcía a la derecha y se convertía en la calle Mayor que llegaba a la plaza central, cuadrada y grande con soportales en tres de los lados. Allí en el llano de tierra entraba el coche de “la Blas” que paraba delante del despacho de billetes.
Nuestra casa no estaba en el mismo pueblo, se tenía que andar un buen trecho; una vez se acababan las casas del pueblo, se pasaba una era y por una carretera de grava en bajada se llegaba a “la Colonia”.
Allí vivíamos, en la casa del cura que estaba detrás de la iglesia y que estaba pensada para que viviera el cura, pero nunca hubo cura, ni en su interior había ningún elemento que hiciera pensar que su destino fuese ese y la casa se puso en venta como muchas otras; aunque toda la colonia estaba pensada para dar vivienda a los trabajadores de una fábrica de productos químicos situada a unos doscientos metros, una buena parte de las casas fue a parar, y no sé cómo, a gente de clase media de Madrid de profesiones liberales que en su mayoría que la usó como segunda residencia.
Algunos colegas de mi padre también cogieron casa allí, el gran Santos Veirao corresponsal de Portugal en España, con base en Radio Nacional y Jesús Martínez Tessier un hombre relevante en la Agencia EFE. Con Santos Veirao mi padre se sentía agusto, era un tipo con buen humor con el que mi padre se reía mucho, en parte por su forma de hablar mezclando el portugues y el español. A mi me llamaba la atención su aspecto cosmopolita, llevaba gafas de sol, un sombrero de paja y camisas de verano por fuera del pantalón. Con Tessier tenía poca relación, no recuerdo haberlos visto juntos sino en encuentros casuales; me parece que Tessier tenía algo de sofisticado que no encajaba con el carácter de mi padre, es posible que el hecho de que estuviera por encima en la organización de EFE también influyera.
El caso es que en la colonia, pensada para los trabajadores de la fábrica, aparecimos unos cuantos intrusos de Madrid que no nos relacionamos con la gente del pueblo. Dos mundos muy diferentes que entre los adultos no dieron pie a ningún problema, pero si a pedreas y a algún intercambio de caricias entre los chavales.
Salvo alguna excepción como Veirao, a mi padre no le caían muy bien los veraneantes, prácticamente no se relacionaba. Con el tiempo, ya después de la muerte de mi madre, se hacía con la gente del pueblo, antes no le recuerdo muchas relaciones.
Mi madre sí que procuraba relacionarse pero no disfrutó mucho de aquella casa, a la que llegamos por algún tipo de contacto a través del trabajo de mi padre. Supongo que fue un proyecto compartido aprovechando una oportunidad que se les presentó. No sé qué parte de cada cual hubo en aquel proyecto. Sin embargo la asocio más a una iniciativa de mi padre. Por algunos detalles, me da la impresión que mi madre ya entonces andaba algo delicada. Puede ser que precisamente ese fuera el motivo
La casa del cura tenía algunos toques que la hacían destacar del resto. Para empezar no estaba alineada con las otras casas de la calle. La línea de casas dónde estaba se rompía para dejarle un espacio delante que la singularizaba - en ese espacio mi padre plantó dos hileras de acacias de bola, a las que cuidaba y nos hacía cuidar regandolas a base de “valdes” hasta que instaló una manguera En la parte posterior el patio también destacaba de los otros al ser bastante más largo.
Más allá del pàtio todo eran campos y en el horizonte cercano destacaba una ermita (Pirracas). Una ermita que ya no tenía uso de culto.
En seguida mis padres se pusieron a hacer unos cuantos retoques estéticos a la casa. Me imagino que fueron ideas compartidas y trabajadas en común. Pero en las reformas de la casa mi padre fue más visible por su despliegue de energía, si bien vinieron unos albañiles que quitaron la campana que creaba un espacio diferenciado donde estaba la chimenea de orejas y unos bancos laterales de obra. El resultado fue bueno, al entrar en la casa te encontrabas con una estancia amplia que hacía de comedor y salón presidida por una hermosa chimenea cuadrada y robusta de ladrillo visto. El nombre del pequeño bar que había en una esquina “Bare Nostrum” debió ser cosa de él que enseguida le puso algunas botellas de coñac y ginebra. Daba la impresión que mi padre estaba feliz allí. Con los cambios que se hicieron, la casa le gustaba y me parece que aún la hacía más suya.
Todo esto son interpretaciones mías sin más base que una memoria difusa. Esa misma memoria es la que me hace pensar que trabajó mucho más en ella que los otros padres de mis amigos en las suyas.
Debíamos estar en el año 53 o 54 y ahora pienso que era posible que mi madre ya tuviera síntomas de la enfermedad. Un día delante de la chimenea, jugábamos todos a luchar contra mi padre, incluida mi madre. Mi padre entre risas nos soltaba algún porrazo con una bota de vino hinchada de aire. En una de estas en la que el juego estaba subiendo su intensidad, se perdió un golpe que fue a dar en la cara de mi madre. La pobre lo acusó y mi padre cambió a un estado de alarma, acabando el juego de forma abrupta para atenderla. Estaba muy preocupado y con el pesar de haber sido el causante de aquel “daño” involuntario al ser que más quiso en su vida.
Desde que la casa estaba en condiciones era raro el fin de semana que no cogíamos el coche de la Blas para ir al pueblo. Después de la muerte de mi madre, continuamos yendo al pueblo. Argimiro cargó y tiró del carro con todo lo que suponían los viajes, nosotros tres y el mantenimiento de la casa. Todo lo que antes compartía a medias con mi madre, Demostró tener recursos insospechados en un hombre como él, aunque al tener que bregar con nosotros sin el apoyo de mi madre. Su trato se hizo más adusto, si bien Nacho, el mayor de los tres hermanos, maduró de golpe asumiendo una parte de los asuntos de la familia.
No sé ni cómo ni cuándo lo hizo, pero en una ocasión mi padre nos dijo que seguíamos allí porque Mari le había pedido que no se deshiciera de la casa. Argimiro cumplió.
En ese paso mi padre no tuvo mucha ayuda de la familia. Sólo la abuela Sofía, su madre, estuvo a su lado. Es verdad que Argimiro no era un tipo fácil pero en situaciones así hay que ser generoso y los silencios en nuestro entorno familiar resultaban clamorosos.
El caso es que aguantó firme y apechugó con la situación y con nosotros tres, sin dar muestras de debilidad. La ausencia de Mari se notaba en todo el transcurso de nuestra vida familiar al tener mi padre que ocuparse de cosas que anteriormente no le correspondían y muchas de ellas tenían que ver con nosotros. Los puntos de fricción entre él y nosotros se producían con mayor frecuencia por situaciones que quizás se hubieran solucionado con más mano izquierda. Pero era demasiado pedir, mi padre era el que era y lo continuaría siendo. Quienes sí íbamos cambiando éramos nosotros, sobretodo los dos mayores. Los días en Navalcarnero implicaban más tiempo de convivencia. No había alegría en aquella casa. Nacho se ocupaba bastante de mi, en cierto modo también éramos confidentes, pero en conjunto había poca comunicación. La que lo tenía peor era mi hermana al ser la única chica y estar en una etapa de cambios decisivos, que con nosotros, los tres barones, no podía compartir. Supongo que tuvo que recurrir a sus amigas pero eso tampoco debía ser fácil.
Mientras tanto, mi padre seguía teniendo en el cuidado de los árboles frutales, los rosales y las dalias, una de sus actividades preferidas a las que sumó un pequeño huerto en el que destacaban los pepinos por el tamaño que cogían entre un fin de semana y el siguiente.
Pero estos detalles de normalidad familiar, convivían con las broncas que iban ganando terreno.
He dicho antes que Argimiro no dio muestras de debilidad pero la situación le fue superando y provocaba en él arranques de ira contra nosotros. Conforme los dos mayores iban creciendo, el ambiente empeoraba. Se levantó una barrera entre padre e hijos. Mi padre no hablaba, se cabreaba con nosotros y el distanciamiento y la incomunicación se hicieron norma. No sé en qué momento esta situación se volvió irreversible. Fue un proceso de degradación que llevó a que los tres por separado nos planteamos marcharnos de casa.
Fue mi hermana la primera que dió el paso largándose a Francia.
Pero antes de llegar hasta aquí mi padre había buscado formas para intentar que nuestra vida fuera mejor. Lo del Pathé Baby iba en esa línea. También mandó a hacer una piscina en el patio de Navalcarnero que durante un tiempo funcionó atrayendo a bastantes colegas de nuestra edad.
Entre la familia de Madrid destacaban dos primos: Juanjo y Luis Fernando Beloqui, que eran dos tíos geniales. Juanjo estudiaba medicina y Luis Fernando arquitectura. Nosotros los admirábamos y a mi padre le gustaban mucho. Total que les propuso que vinieran a casa a comer el día que tocaba pote gallego y durante esta temporada que estuvieron viniendo, las comidas eran una fiesta divertida.
Me gustaría saber cómo se le llegó a ocurrir a mi padre. Pero ellos, que debían tener una vida intensa de relaciones y trabajo, encontraron la manera de estar con nosotros y alegrarnos aquel día.
La preocupación y atención de nuestro padre por nosotros estaba siempre en su pensamiento.
Nuestra vida transcurría entre Madrid y Navalcarnero. En cuanto a Madrid, la vida giraba en torno a los estudios y mi padre no cambió el planteamiento: los tres íbamos al Santa Fe, un colegio academia cerca de casa. Mi madre y él lo habían escogido pensando en mi hermano que estaba algo delicado de salud. El problema estaba que a los exámenes para pasar del curso, teníamos que ir por libre al instituto que nos tocara y te la jugabas a una evaluación en junio y otra en septiembre. Los resultados eran malos. Yo repetí varios cursos a partir del ingreso y a los tres nos iba mal. Mi padre lo encajaba con estoicismo. Él, que había sido maestro, si bien no era su vocación, algo debía saber del tema, y comprendió que en aquella situación poco podía hacer sino esperar la propia evolución de las cosas. Lo que no quería decir que se desentendiera. Los estudios le importaban mucho y sabía lo decisivos que pueden ser en la vida, pues en la suya lo fueron. Y si una cosa le hubiera hecho ilusión es que hubiéramos estudiado una carrera. Alguna vez nos hacía comentarios en relación con eso, eran comentarios de frustración y resignación. Cada vez eran más las cosas en nuestra vida y conducta en las que poco podía hacer. Pero él aparecía en los momentos en que de verdad era necesario. Un día en Navalcarnero demostró cómo se tiene que defender a los tuyos. Entre el grupo de jóvenes de la edad de mi hermano, las chicas ya estaban en todo su esplendor y yo creo que esa fue la causa de que aparecieran por el pueblo dos tíos de unos 20 años, que venían del Álamo, un pueblo que está a 7 km. Eran los hermanos Benedito, dos chuletas de una familia de pasta que tenían fincas importantes. Llegaron a la colonia conduciendo un Land Rover y vistiendo Levis y polos Lacoste, que en aquellos tiempos eran un lujo.Estaban bien alimentados, pasaban de los 80 kilos cada uno.
Mi hermano se había hecho muy amigo de Paco Ortiz, un tipo inteligente y mordaz. El problema era que entre los dos no tenían media hostia. Algo inconveniente les debió soltar Paco a los Beneditos delante de las chicas, que les cabreó mucho y fueron a por él. Mi hermano vio que la cosa iba mal y decidió retirarse a nuestra casa arrastrando a Paco.
Aparecieron los cuatro por la parte de atrás y allí estaba mi padre con su mono de medio cuerpo trabajando en el huerto. No hizo falta ninguna explicación, mi padre sacó el mango de la azada y se fue directo y con pocas palabras a los Benedito, que se frenaron y acabaron yéndose de mala gana., Todo fue rápido, escasos segundos. Una actuación brillante de mi padre.
Después vendrían las explicaciones de mi hermano, no sé qué dijo Argimiro, fue una conversación privada
Cuando yo estaba en primero de bachillerato, tuve otra ocasión de ser testigo del poder de convicción de mi padre. En el Santa Fe teníamos un profesor de francés, un tipo alto y corpulento con perilla, que debía rondar la cuarentena, Don Fernando. A parte de tocar y hacer cosquillas, delante de todos, a los chicos que le caían bien, pegaba con un trozo de listón en la cabeza a los que contestábamos mal las preguntas. Yo era uno de los que más recibía. Un día en casa mi padre me acarició la cabeza y notó que la tenía llena de chichones y me dijo “¿Quién té ha hecho esto?”. No sé si esa tarde o la siguiente mi padre me acompañó al colegio y subió conmigo, habló con Don Juaquin, el director, que llamó a Don Fernando, y los tres a puerta cerrada, tuvieron una reunión.
Don Fernando volvió a clase demudado, más suave que una seda. A partir de entonces no usaba el listón más que para picar en las mesas.
Mi padre en aquellas situaciones era muy resolutivo “¿Para qué vamos a hablar si lo podemos arreglar a hostias?” Era una cita que mi padre podía suscribir, si bien en el espíritu, no en la letra. Los tres hermanos estábamos muy seguros con él. Yo le admiraba. Me hubiera gustado saber qué pensaba mi madre de esta faceta de Argi.
Estábamos en el cambio de los años 50 a los 60. Mi hermana rondaba los 14 o 15 y Nacho debía de estar en los 16 o 17. Las cosas entre ellos y mi padre iban mal y la vida en nuestra casa era desagradable. Todos estábamos frustrados. Nos acostumbramos a que mi padre llegara a casa de mal humor y tampoco teníamos ganas de verle. Todo se ponía en contra, la comida y la compra eran demasiada responsabilidad para mis hermanos y a mi padre después de trabajar mañana y tarde no le daba el cuerpo para más y nos reprochaba el caos. Y en esta situación seguía sin aparecer la familia que estaba en el piso contiguo. Aunque es verdad que a los hijos de Mari nos aceptaban como exiliados de la amargura. Fue una mala época, fueron años de plomo.
Lo cierto es que mi padre probó varias soluciones, como pagar a mujeres que venían a casa a ayudar, pero no acababa de funcionar. No encontró una persona de confianza que nos ayudara a salir de aquella situación, y empezó a buscar novia.
Cuando cumplí trece años o así, mi padre me compró una bici para el pueblo. Antes había comprado una Orbea de chica que pesaba como un tanque y la usaba más mi padre que mi hermana. Salía por las carreteritas que unían Navalcarnero con pueblos como Villamanta, Brunete…cuando yo también tuve bici hacíamos los viajes juntos y estábamos bien. El campo estaba bonito y el cielo muy azul y muy limpio. Aquellos viajes eran una especie de paréntesis agradable, a veces, si el recorrido era corto daba para tomar un batido de chocolate y un bollo en Sevilla la Nueva o Villamanta; cuando gané resistencia llegábamos a Brunete y nos quedábamos a comer. A mi padre le gustaban las tabernas y las casas de comidas sencillas que entonces lo eran casi todas. Le gustaba el personal que las frecuentaba y pegaba la hebra con facilidad. Yo creo que caía bien, pues aunque quedaba claro que éramos de Madrid, no se daba aires de nada y su forma de vestir era la de un campesino.
Yo creo que en Navalcarnero estaba contento, le sentaba bien; por la tarde se encontraba en la plaza con unos cuantos personajes del pueblo que eran habituales de los soportales de la carretera. A esas horas, cuando el sol ya había bajado y se encendían las primeras luces, había animación en la plaza y en la calle mayor por la actividad en las tiendas, en las tabernas y por el tránsito de carros y de algún coche de línea de La Sepulvedana que dejaba viajeros y que tenía que adaptar su velocidad al paso de las mulas o detenerse para dejar pasar un rebaño de ovejas que se recogía en alguno de los corrales del pueblo.
Con estos personajes aprendió donde servían la mejor cazalla, el mejor vino y ponían las mejores tapitas; estos encuentros eran bien avanzada la tarde y se acababan a la hora de cenar.
PLAZA MAYOR DE NAVALCANERO
Pero ya he dicho que Navalcarnero era un paréntesis, de vuelta a Madrid las cosas estaban igual de mal y a medida que íbamos creciendo la bronca también crecía, la relación con nuestro padre se degradaba y la vida se convirtió en algo triste y infeliz para los cuatro, si bien entre los tres hermanos había una cierta complicidad que lo compensaba un poco.
Por suerte para él, mi padre encontró una mujer en la que apoyarse; se llamaba Isabel y creo que trabajaba en uno de los “Nuevos ministerios” Trabajo que dejó cuando se casaron.
Isabel era una mujer limpia y trabajadora y se notó enseguida que sabía llevar una casa; la vida de mi padre también mejoró, lo que no mejoraron fueron las relaciones con nosotros. Isabel tenía pocas luces para enfrentarse a una situación de conflicto como la que se encontró. Ni supo mediar entre mi padre y nosotros, ni se le pasó por la cabeza, ella entendió que debía apoyar a su marido frente a sus hijos y la cosa siguió igual o peor.
Mis hermanos se pusieron a trabajar Nacho pisaba la casa para dormir y poco más, mi hermana no tardó en compartir piso con otras chicas y se la veía poco. Yo fui madurando y remontando en los estudios. Al cabo de unos años y por diferentes motivos los tres estábamos fuera de casa y Argimiro y Ysabel hicieron su vida.
Yo creo que mi padre cuando se jubiló era un hombre si no feliz algo que se le acercaba. La reconciliación con nosotros tardó en llegar. Recuerdo su ausencia en la boda de mi hermano, a la que sí fue su madre, doña Sofía, nuestra abuela.
Sobre lo que paso entre mi padre y su hermano mayor Esteban el dia de la boda de mi hermano Nacho nuestra prima, la Puerto de Segovia, tiene un recuerdo que refleja muy bien cual era la relación entre Miro y Esteban.
"Tengo tres recuerdos de tio Argi, Miro, como le llamaba mi padre; el primero de una visita que nos hizo en casa con Isabel, tendria yo10 años y estuvieron muy poco tiempo, creo que mi padre comentó que venían a ver "piedras viejas" y le comentó que ya que venían tanto por Segovia podía venir más a verle y estar más tiempo.
La segunda vez fue en la boda de Nacho, fuimos mi padre y yo a la casa de Alonso Cano, mi padre se sorprendió de ver a Miro en camisa de pijama cuando quedaba apenas media hora para empezar el enlace; creo que le echó una bronca, se enfadó muchísimo porque actuase así con tu hermano, despues de muchos aspavientos y voces se decidió o le pidió Nacho que fuera su padrino...y ahí fuimos los dos de boda ejerciendo de padrino sin haberlo preparado!
Sé que en el camino desde la casa hasta la iglesia estuvo dando la chapa a Guillermo por sus " ideas revolucionarias" para que, al menos, no so se hiciera tanto notar...corrían tiempos donde los grises primero pegaban y luego preguntaban.
Y la ultima vez fué en mi boda, me emocionó mucho verle, era el eslabon que me unía con mi padre y no sabes cuanto agradecí su presencia. Sentí mucho no sentarme a charlar con vostros y acribillarle a preguntas...pero no era el momento. Mi hermanoCarlos si compartió vuestra mesa y dice que se reía mucho contando batallitas de la guerra pero no sabe muy bien si eran reales o simplemente anecdotas.
Tambien le ví el día que falleció mi padre, lloraba como una magdalena, no hubo palabras solo un abrazo"
Hasta aquí los recuerdos de la Puerto segobiana. Nuestro padre quería muchisimo al tio Esteban y lo de la boda de Nacho ahora lo recuerdo vagamente, no sé si estuve delante cuando el tio reprendió a nuestro padre, pero lo hizo como el hermano mayor que era, papel que ejerció siempre con él y el tio Fernando y como la persona inteligente que era, les conocía a fondo y se adecuaba a cada uno. Por algunos detalles que se transmiten entre los miembros de la famila parece que Miro era el más gamberro de los tres y yo creo que le salía el lado zumbón que solo usaba con aquellas personas a las que le unia amor y confianza, así que no me extraña lo que le debió doler quedarse sin él.
FOTO DE LA BODA DE ESTEBAN
Poco antes de que yo me fuera a Barcelona - en 1972 - mi hermana tuvo un hijo y con la aparición del primer nieto y la suma de los años yo creo que su carácter se fue dulcificando.
También mi hermano tuvo dos hijos y me parece que la nueva situación acabó por convencerle de que sus hijos tenían un camino propio, o si se quiere un camino impropio muy propio
Esa aceptación, si se puede llamar así, facilitó el acercamiento, sobre todo con mi hermano Ignacio con el que las relaciones eran casi inexistentes, pues con mi hermana y conmigo la cosa no había llegado a ruptura.
EL REENCUENTRO ENTRE PADRE E HIJO.
Por aquella época yo estaba en Barcelona y en Madrid habían cambiado las cosas de manera decisiva sobre todo porque Nacho y Ángeles su mujer, habían formado una familia que respondía a los cánones de Argimiro y a mi padre, que ya se debía haber jubilado, eso le debió confortar y ello llevó a que volvieran a hacer cosas juntos. Se que los dos volvieron a ir a Navalcarnero y que alguna vez se apuntaba don Miguel el suegro de mi hermano, un tipo austero que hablaba con un acento castizo inigualable y que había trabajado como una mula para salir adelante, cosa que mi padre siempre respetaba. Creo que hicieron un buen grupo y que los tres estaban encantados de haberse conocido.
A mi me da que en uno de esos encuentros salió el tema de la guerra - Miguel también fue combatiente con el ejército de la República - y Argimiro se abrió y contó algo de lo que no había hablado hasta entonces y que años después mi hermano me refirió sin aclarar las circunstancias de la confidencia.
El, mi padre, formaba parte de un pequeño destacamento y llegada la noche decidieron pasarla debajo de un puente. Como hacía calor y estaban un poco apretados, Argimiro no podía dormir, cogió los bártulos y se fue bajo unos pinos a unos metros de distancia del puente, allí se quedó. Entrada la noche le despertaron rafagas de tiros y griterio. Se incorporó y aterrorizado vió como una tropa de soldados moros acribillaba a tiros a sus compañeros que dormidos no pudieron defenderse. Los mataron a todos, él no se atrevió a moverse ni a despegarse del suelo y así se quedó hasta que estuvo seguro que los moros se habían ido.
Cuando mi hermano me contó esto mi padre ya había muerto. No puedo situarlo ni en el cuando, ni el dónde, probablemente encajar una pieza así hubiera explicado su peripecia en los tres años de guerra.
Testimonio de Marichu
MI PADRE, MI HIJO Y YO
Hace mucho tiempo de esta historia, pero quiero escribirla para recordar los tiempos que pasamos mi padre, mi hijo y yo. Tiempos difíciles para todos, pero en especial para mí ya que tener un hijo siendo soltera no era lo mejor para ninguno y mucho menos para los miembros de mi familia que casi ninguno aceptó dicho acontecimiento.
Cuando Guillermo, mi hijo nació, mi padre no quiso saber nada de él, ni por supuesto de mí, durante muchos meses, hasta que un día, sin yo esperarlo, se presentó en casa y como si no hubiera ocurrido nada en los meses anteriores, le trajo un bote de Nesquik para que desayunara. No se dio cuenta que era un bebe o simplemente era una manera de acercarse sin dar su brazo a torcer.
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| "Mi hermana Marichu con su hijo Guillermo, con un año aproximadamente." |
A partir de entonces se estableció que teníamos que vernos los domingos. Empezó viniendo solo ya que Isabel, su mujer, todavía no había asimilado mi maternidad y no quería ver ni al niño ni a su madre.
Tenía por aquellos años mi padre un coche, un R7 color crema con el que nos llevaba a conocer los pueblos cercanos, solos los tres. Guillermo continúo creciendo y empezó a llamarle papa lo que a mi padre le llenaba de orgullo y se sentía por primera vez orgulloso de mí eso sí, sin decírmelo nunca.
Pasaron los años y Guillermo hizo la primera comunión. Vinieron parte de mi familia, tía Talía, Ro, Tía Luisa, Tío Ángel, tía Manola, Isabel y como actores principales Paloma y mi padre. Paloma por ser la madrina de Guillermo y mi padre porque en esa ocasión se sentía un padre protector. No hubo celebración popular como el resto de los niños, mi padre nos llevó a comer a un restaurante muy importante por entonces, en la carretera de la Coruña. Fuimos mi padre, Isabel, Guillermo, Gonzalo (el mejor amigo de Guillermo por aquellas fechas) y yo. Ejerció como padre más que como abuelo.
Como regalo de comunión mi padre regaló a Guillermo una equipación de fútbol del Betis, todavía hoy no sé por qué eligió ese equipo, pero a Guillermo le hizo mucha ilusión.
Fueron transcurriendo los años Guillermo fue creciendo y mi padre cada vez más cercano a él. Uno de los viajes conociendo Castilla, tuvimos un pequeño percance con el coche, (en este caso sí que venía con nosotros Isabel), y de camino a Segovia entró en el coche una avispa que hizo que mi padre no controlara del todo la situación y acabamos en una zanja. Ya no volvimos a descubrir pueblos de España.
A partir de ese momento éramos nosotros los que nos desplazábamos a buscar a mi padre a su casa. Entonces, de nuevo los tres solos, íbamos descubriendo nuevos horizontes de su mano como por ejemplo la ruta del vino.
Cada domingo visitábamos varios lugares, (bares) donde nos tomábamos la primera, la segunda y la penúltima, por las calles de Alonso Cano, Ponzano y Santa Engracia. Una vez medio comidos nos dejaba en la parada del autobús nº 5 y hasta el domingo siguiente.
Pasaron los años y Guillermo dejó de llamarle papa para pasar a llamarle abuelo, y eso sí que no. A mi padre no le hizo ninguna gracia, pues decía que él no estaba mayor y que prefería que le llamara por su nombre. Y a partir de entonces Guillermo lo llamaba Argimiro.
Siguió pasando el tiempo, mi padre se preocupaba mucho por los estudios de Guillermo que no eran muy satisfactorios, pero siempre le disculpaba diciendo que a buena persona no lo iba a ganar nadie. La verdad que eso era cierto, pero siendo solo buena persona no da para comer.
Y llegó el día que Guillermo se fue al servicio militar. Yo estaba muy disgustada, ya que me quedaba por primera vez sola. Fueron unos meses complicados, no solo para mí también para Guillermo que se vio solo, en un mundo desconocido. Pero llegó el gran día : ¡¡¡ su jura de bandera¡!! Y allí estaba mi padre, más contento que ninguno, orgulloso de mi hijo. También estaban en esta ocasión mi hermano Nacho, mi cuñada, Ángeles, Isabel y como no Paloma.
Y siguió pasando el tiempo y mi padre empezó a encontrarse mal. Hubo que hospitalizarle varias veces y en más de una iba Guillermo a recogerle con su coche para llevarle a su casa y mi padre le acariciaba como yo no recordaba haberle visto.
Cuando mi padre falleció a Guillermo se le rompió algo por dentro. Lloro sin consuelo. Y yo me di cuenta que se habían querido de una manera muy especial.
Todavía hoy, 27 años después de su muerte, habla de su abuelo refiriéndose a Argimiro, como su mejor ayuda cuando era pequeño.
EL CATALÁN
No puedo situar cuando fue, pero una noche que les visite y los dos estábamos en la salita tranquilos, mi padre le daba una ojeada al “Pueblo” que publicaba una entrevista con Carrero Blanco de la que destacaba un titular “Prefiero un pueblo arrasado por las bombas a un pueblo de los sin Dios” y a Argimiro se le escapó un comentario muy sentido: ¡Pero qué animal, cómo puede decir eso! No dije nada aunque me llamó la atención y debí pensar lo poco que nos conocíamos. No esperaba un comentario así de mi padre.
Nuestra familia no era una excepción, creo que era la norma en aquella generación, si bien el nuestro se agravó por las circunstancias.
Lo que hubiera conformado a mi padre tampoco era tan difícil. Solo con que hubiéramos acabado los estudios para encontrar un buen trabajo hubiera sido bastante. Pero la muerte de nuestra madre hizo que en aquella casa todos perdiéramos el norte, incluido él.
Ya he mencionado que entre mi padre y yo no llegó a haber una ruptura total, quedaban, aunque maltrechos, algunos canales de interlocución que daban pie a pequeñas confidencias.
Los tiempos de las excursiones en bicicleta por los alrededores de Navalcarnero no estaban tan lejos. Fue en una de esas excursiones a Brunete que aprovechamos para ver las casamatas, que le pregunté si había estado en aquélla batalla, serio me dijo que no, que él había estado en la de Belchite y creo que aquí se acabó la conversación, no añadió ninguna detalle más. Es posible que aquí estuviera la explicación del cabreo que se cogió con doña Sofía, cuando un día comiendo en Alonso Cano ella soltó de manera inocente: “Pero si tu no has estado en la guerra”.
La tímida confidencia que me hizo en Brunete era cierta y la experiencia de Belchite debió de ser traumática, de ahí sus pocas ganas de hablar de ella. Si hubiera ido de farol podía haber dicho que sí, que estuvo en la de Brunete, en la de Teruel o en alguna otra con más épica.
BATALLA DE BELCHITE
Hasta entonces lo único que nos había contado de la guerra era una anécdota que parecía inspirada por Gila y yo creo que la contaba porque tenía un toque tragicómico.
“Sastre - se trataba de un compañero de su unidad con el que se habían hecho muy amigos - y yo estábamos en un paraje descubierto viendo a buena distancia como una “Pava” iba descargando bombas sobre posiciones adelantadas que ocupaban compañeros nuestros; cuando el avión, sin dejar de tirar bombas, giró hacia donde estábamos nosotros que corrimos para refugiarnos en una casa en ruinas; lo vimos llegar y nos tiramos tapandonos la cabeza, al instante sonó un ruido tremendo y al abrir los ojos, delante vimos un montón de maderas. A los de la “Pava” se les habían acabado las bombas y nos tiraron el cajón donde las llevaban y el estruendo lo había hecho el cajón al chocar contra el suelo.”
Esta era una de las pocas historias que nos contaba mi padre de su paso por la guerra, en la que participó en el bando que no le tocaba; él era un hombre de ideas conservadoras, contrario al Frente Popular, aunque la política no le interesaba.
No se presentó voluntario para defender la República como su hermano Fernando, sino que no tuvo otro remedio que presentarse cuando le llamaron a filas, según lo poco que hablaba, en ningún momento fue un combatiente activo y evitó disparar un solo tiro con intención. Entre otras razones porque los que tenía enfrente eran los suyos. Pero esto no lo decía. Podría ser que esta falta de compromiso desarrollara en él una habilidad para el escaqueo que hacía que se le viera a menudo por Blasco de Garay, donde vivían.
No tenemos muchas piezas de la vida de Argimiro antes de que fuera nuestro padre. Para empezar podemos pensar que cuando llegó a Madrid, la gran ciudad le debió fascinar. Tenía alrededor de veinte años. Era un tipo atlético y bien plantado. Frecuentaba los campos de deporte de la ciudad universitaria, y seguramente otros ambientes de aquella ciudad en plena eclosión, de los cuales nunca nos habló. Como no nos habló de a qué dedicaba su tiempo libre: si iba a bailar, si iba a las verbenas o a los salones de té a observar señoritas. Su hermano Fernando me comentó algo, medio en broma “Tu padre era capaz de enamorarse de una escoba con faldas”
Las verbenas seguro que le gustaban. Lo deduzco porque nos llevaba a la verbena del Carmen y allí él jugaba en las atracciones dónde se premiaba la fuerza y se notaba su técnica en los movimientos para lanzar con fuerza los carricoches que circulaban por un circuito de vías llenos de curvas, cuestas y loops que no se le resistían. Con dos lanzamientos que hiciera ya se formaba una comitiva de chavales que le seguían para ver cómo le metía al punching ball o hacía subir de un mazazo la bolita hasta la campana para que sonara. No tardaba en aburrirse, entonces nos sentábamos en la terraza de un kiosco y pedía un vino con seltz, a mi madre le gustaba la leche merengada y supongo que nosotros pedíamos una horchata
De lo que sí ha quedado constancia es de su presentación para optar a la plaza de maestro interino por 1 año que salió en Aldano, pueblo del valle del Pas, pedanía de San Pedro del Romeral. Mi hermano guarda el original de la adjudicación para el curso de 1935 de la plaza de maestro.
Aqui va foto del original de contrato del ayuntamiento de San Pedro del Romeral
Cuando mi padre nos hablaba de aquel año, nunca nos dijo que estuvo de maestro en Aldano, si no en Potes. Siendo que entre los dos pueblos hay 120 km de distancia, no se entiende muy bien por qué. La única documentación que tenemos es el contrato que el Ayuntamiento de San Pedro del Romeral le extiende a su nombre con la firma del alcalde y el secretario.
Cuando fuimos a Cantabria, hacia el año 1966 ( yo tenía 18 años) uno de los lugares que mi padre quiso visitar fue Potes y Fuente Dé, no San Pedro..
“La Normal” de Madrid, 1932-1934
“Miro” estudió magisterio en La Normal de Madrid durante 3 años. En su expediente académico, además de los 3 cursos correspondientes, se alude a que el examen de ingreso lo había aprobado en el instituto de Santander, que hoy es el IES de Santa Clara, que es un edificio neoclásico que está en la parte del centro de la ciudad que sube por la ladera de la montaña.
Los chicos de la familia Casado-Royo, estudiaron en Santoña, en el colegio Juan Manuel de Manzanedo, con los “Hermanos de las Escuelas Cristianas”. Con ellos debieron cursar también el bachillerato.
Estos y otros detalles hacen pensar en una familia estructurada, gobernada por Doña Sofía con zapatilla en mano. Existe una bonita foto de estudio y posado familiar, con Argimiro vestido de primera comunión. Lo primero que sorprende es que en la foto falta Don Indalecio, de tal manera que la figura central del cuadro es Doña Sofía, que vestida de oscuro, blusa blanca y pelo en moño, mira directa a la cámara con una expresión que se podría interpretar como de madre orgullosa.
En la otra mitad del cuadro está Esteban con traje y corbata, que está posando sus manos sobre los hombros de “Mirito”, del que, a parte del traje marinero azul oscuro y pantalón corto, destacan unas botas de cuero brillantes y lustrosas, que pueden ser que no sean muy cómodas a juzgar por el careto enfurruñado del iniciado.
Texto de un impreso oficial timbrado, documento del Registro Civil que va al final de lo escrito
Don Juan Ortega, juez municipal y encargado del Registro Civil de Santoña, certifico que del Tomo 35 “Sección de nacimientos” del Registro Civil de mi cargo, el folio 79, aparece el acta que a la letra dice así:
“Número 176. En Santoña a las 12 horas del día 7 de noviembre de 1911, ante Don Antonio Gutiérrez, juez municipal suplente, y Don José Velquíades, Secretario, compareció Don Indalecio Casado Martínez, natural de San Llorente de Valladolid. Casado, de 31 años. Sargento de Infantería domiciliado en la Calle del Duque con el objeto de que se le inscriba en el Registro Civil un niño, y al efecto como padre del mismo.
Una familia como Dios manda
Entrado el año 1932 y con Argimiro ya hecho un hombre de 20 años, una zapatilla de Doña Sofía voló por la ventana una noche que mi padre volvió tarde a casa. Cosa que hace pensar que MIrito tenía sus ratos de esparcimiento. Doña Sofía le recriminó las horas; la cosa no quedó aquí y la abuela blandió la zapatilla preparando el golpe, pero Miro le quitó la zapatilla antes que impactara en él. Vió el balcón abierto y con pericia la envió más allá del horizonte doméstico. ¡Ya está bien, Mesia! dijo. Y así parece que acabaron los zapatillazos de Doña Sofía, fue como si se cerrara un ciclo. Este incidente me lo transmitió mi padre con un cierto orgullo.
Pues sí, Argimiro creció en una familia ordenada, dónde él y sus hermanos fueron educados en el hábito de respeto a los padres, a sus congéneres y a todo bicho viviente. Fueron bien alimentados, atendidos en su salud y en todas sus necesidades. Y a todos se les dió estudios.
Esta familia estuvo unida hasta la guerra, que les cogió con los hijos adultos y a punto de incorporarse. Después, ante las serias dificultades en las que se encontraron, se ayudaron entre ellos. Esteban ejerció de hermano mayor, ayudando a la familia siempre que hacía falta, había acabado la carrera y hacía tiempo que traía dinero a casa.
Hasta que los cuatro hermanos estuvieron en edad de merecer en el centro de todos ellos, estaba la figura de Doña Sofía, la Mesia, mujer de carácter y mucha energía. El padre, Indalecio, adoptó un discreto papel de secundario. Era un hombre prudente, guardaba los galones para el cuartel y en casa dejó a su mujer todo el protagonismo.
FOTO INDALENCIO
Siempre le conocí como una persona afable al que mi padre trataba con un respeto cercano. Argimiro iba a ver a sus padres con frecuencia y nos llevaba a todos a verles. Recuerdo que mi padre era un poco zumbón con ellos y cuando Indalecio empezó a perder la cabeza por la edad, Argimiro trataba de seguirle el rollo, el poco rollo que aún le quedaba.
Era un buen hijo.
Principio y final
Santoña, 18 de diciembre de 1911, dos tíos están hablando delante de los juzgados, cuando llega un tercero, entran en el edificio.
Uno de ellos, rubio, bajito y fortachón, Indalecio, se adelanta y pregunta al escribiente que está más a mano por el Registro Civil.
– Espérense aquí. Voy a buscar al secretario.
Aparece otro escribiente algo mayor. El rubio bajito y fortachón habla:
– Vengo a inscribir a un hijo.
Entonces el secretario pregunta:
– ¿Y estos señores?
– Son compañeros del cuartel, vienen de testigos.
– Vengan conmigo los tres. ¿Tiene más hijos?
– Este es el tercero.
– Déme su nombre
– Indalecio Casado
El escribiente busca en un armario y acaba sacando algo que parece una carpeta.











Grande el artículo y grande su autor.
ResponderEliminarGuillermo, m'ha agrat molt. Malgrat les diferències biogràfiques, m'ha revordat detalls de la meva família paterna.
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